
Pasan los días sin tomar descanso.
Uno tras otro, uno tras otro.
Juegan con su tiempo abstrayéndose en su existir,
y entregando su cuerpo fragmentado para quién desee tomarlo y poseerlo.
Para mí sus horas son tan extrañas.
Me hacen gestos burdos incitándome a seguir su juego,
a perder la conciencia con su droga etérea de felicidad,
a olvidar mi persona y seguir su estela,
a envolverme con su sangre de cínica escencia.
Yo no quiero sus horas.
Ellas mienten para una estadía más amena.
Quieren hacer creer que esto es para siempre.
Que una idea es válida y que se debe luchar por ella,
sin mostrar que al fin todo se reducirá a una simple niebla
esfumada por un hálito de viento frío, seco.
Pero...una respuesta queda.
La puerta está dispuesta
para que cuando yo desee sea abierta,
y será la última vez que veré las horas inciertas
