La cacería.
La cacería inmensa por lo normal. Lo veo cuando paso chocando mis hombros con los seres refinados, o destilados, bestias de lo moderno; la modernidad que olvida lo esencial de la existencia. Y en uno de los muchos cambios del concepto de modernidad, de su trasfiguración conceptual, me encuentro de sopetón con el de hoy, que quizás es el más cercano a la idea principal de normalidad, rememorando la posibilidad evolutiva en la biología, y también la teoría platónica.
En una de esas tantas conversaciones filosóficas que se entablan con el amigo de siempre, que quizás no es del siempre temporal, si no que espiritual; esas conversaciones que son ya comunes, que has repetido un centenar de veces, muchas de las cuales son acerca del mismo tema, pero de las que aún te sorprendes como la primera vez; en una de esa tantas de caminatas nocturnas, mañaneras, de copa y cigarrillo en mano, o café si es con tus padres y tienes menos de dieciocho años; en una de esas tantas, evanescente surge, desde el fondo de mi sopa cerebral, la ya arcaica reflexión de la normalidad y todo al ver pasar, fugaz y delicada, a la chica de lentes, la chica que amalgamó las ideas inconexas, las que flotaban libres en mi subconciencia, y que ahora salieron a lucirse. La puso en la punta de mi iceberg.
Y ahora estoy aquí, redactándolo.
La mayoría hace a la minoría, y se esmera en recalcarlo. Esa terrible exclusión que debe soportar la minoría, y no lo digo en cantidad de almas, sino que en normalidad. Como consecuencia nace la costumbre del ser de alejarse de esa necesidad primigenia de la comunicación, del ocio, del equilibrio entre lo reflexivo y lo espontáneo.
La chica de lentes distingue perfecta la diferencia entre Lenin y Stalin, y también a los dioses vikingos con su nunca infección cristiana. Y claro reconoce abiertamente tanta sabiduría y la ovación es general. Tanta felicidad por sus años de dedicación, los frutos se ven ahora reconocidos. Fin del periodo de calificaciones, la felicitaciones varias ya fueron entregadas, y prosigue el regreso a casa. Recorre las calles la chica de lentes bajo el gélido invierno de julio, y una bufanda amarilla rodea su cuello, siendo ella la única fuente de calor. Observa los cuadradillos del asfalto, uno a uno ordenados. Nadie acompaña a la chica de lentes. Los jóvenes a sus espaldas sueltan las carcajadas como si supiesen que la horca esta a la vuelta de la esquina, esperando por cobrar venganza. Un espasmo acompaña el sonido, y un sudor frío recorre su cuerpo empapando la bufanda amarilla. El saludo retumba por tímpanos como las trompetas del día final. La esperanza de un cambio la insta a devolverlo. El tiempo pasa y la conversación fluye entre el siglo I al XX.
¿Qué ha sucedido? ¿Qué ha hecho mal?
El acompañante casual se aleja dejando la estela del adiós. Y la chica de lentes se petrifica ante el abandono. Sucede que no sabe conversar. No, no es que no lo sepa. Es que el otro sigue en la búsqueda de lo normal desde la perspectiva global. Esa en donde las chicas son coquetas y los chicos rudos; donde el amigo debe tener iguales zapatillas y chalecas luminosas, que todo dependa de la moda. Y ha creído como verdad absoluta que solo necesitaba unos cuantos libros y esquematización de ideas para lograr llegar a la cúspide. Pero hoy ya descubre que nada. La costumbre está incrustada en sus entrañas ardorosas de nuevas experiencias; la costumbre la infecta de sobremanera, sistematizándola a seguir un mismo camino, una misma dirección. ¡Y cuidado con el soslayo!, que esto es para siempre.
En una de esas tantas conversaciones filosóficas que se entablan con el amigo de siempre, que quizás no es del siempre temporal, si no que espiritual; esas conversaciones que son ya comunes, que has repetido un centenar de veces, muchas de las cuales son acerca del mismo tema, pero de las que aún te sorprendes como la primera vez; en una de esa tantas de caminatas nocturnas, mañaneras, de copa y cigarrillo en mano, o café si es con tus padres y tienes menos de dieciocho años; en una de esas tantas, evanescente surge, desde el fondo de mi sopa cerebral, la ya arcaica reflexión de la normalidad y todo al ver pasar, fugaz y delicada, a la chica de lentes, la chica que amalgamó las ideas inconexas, las que flotaban libres en mi subconciencia, y que ahora salieron a lucirse. La puso en la punta de mi iceberg.
Y ahora estoy aquí, redactándolo.
La mayoría hace a la minoría, y se esmera en recalcarlo. Esa terrible exclusión que debe soportar la minoría, y no lo digo en cantidad de almas, sino que en normalidad. Como consecuencia nace la costumbre del ser de alejarse de esa necesidad primigenia de la comunicación, del ocio, del equilibrio entre lo reflexivo y lo espontáneo.
La chica de lentes distingue perfecta la diferencia entre Lenin y Stalin, y también a los dioses vikingos con su nunca infección cristiana. Y claro reconoce abiertamente tanta sabiduría y la ovación es general. Tanta felicidad por sus años de dedicación, los frutos se ven ahora reconocidos. Fin del periodo de calificaciones, la felicitaciones varias ya fueron entregadas, y prosigue el regreso a casa. Recorre las calles la chica de lentes bajo el gélido invierno de julio, y una bufanda amarilla rodea su cuello, siendo ella la única fuente de calor. Observa los cuadradillos del asfalto, uno a uno ordenados. Nadie acompaña a la chica de lentes. Los jóvenes a sus espaldas sueltan las carcajadas como si supiesen que la horca esta a la vuelta de la esquina, esperando por cobrar venganza. Un espasmo acompaña el sonido, y un sudor frío recorre su cuerpo empapando la bufanda amarilla. El saludo retumba por tímpanos como las trompetas del día final. La esperanza de un cambio la insta a devolverlo. El tiempo pasa y la conversación fluye entre el siglo I al XX.
¿Qué ha sucedido? ¿Qué ha hecho mal?
El acompañante casual se aleja dejando la estela del adiós. Y la chica de lentes se petrifica ante el abandono. Sucede que no sabe conversar. No, no es que no lo sepa. Es que el otro sigue en la búsqueda de lo normal desde la perspectiva global. Esa en donde las chicas son coquetas y los chicos rudos; donde el amigo debe tener iguales zapatillas y chalecas luminosas, que todo dependa de la moda. Y ha creído como verdad absoluta que solo necesitaba unos cuantos libros y esquematización de ideas para lograr llegar a la cúspide. Pero hoy ya descubre que nada. La costumbre está incrustada en sus entrañas ardorosas de nuevas experiencias; la costumbre la infecta de sobremanera, sistematizándola a seguir un mismo camino, una misma dirección. ¡Y cuidado con el soslayo!, que esto es para siempre.
